martes, 29 de julio de 2025

La pluma del goce de Delmira Agustini

¿Qué puede un cuerpo que piensa, desea y escribe? Donde Darío idealiza, Delmira encarna. Su poética altera el molde modernista que se levantó con flores y cisnes. Erotiza el verbo, reescribe el deseo, funda un sujeto femenino que ya no adorna el poema. Lo posee. Y en esa encarnadura, se desmarca. ¿Qué ocurre cuando el goce femenino se transforma en lenguaje?
En la poética de Delmira Agustini, el cuerpo femenino —por un lado, históricamente silenciado, y por otro, decorado por el modernismo dariano— se alza, se expresa y se sacude la floritura para volverse acto. Allí donde el programa modernista de Rubén Darío intenta elevar lo femenino a figura ideal, mística, pura y pasiva —“concibe en una gloria de luz y de harmonía / la Helena eterna y pura que encarna el ideal” (1986, p. 123)—, Delmira baja a la carne, la enciende y la piensa. El placer es lenguaje y cuerpo: “pero en su carne me habla / y yo en mi carne le entiendo” (1996, p. 136). El resultado, lejos de ser armonía, es exceso: hay gemido, hay sombra, hay sangre y fulgor. De esta manera, subvierte el programa modernista desde sus bases. La mujer deja de ser inspiración, una forma ideal, para transformarse en autoría y materia deseante que se piensa a sí misma: “vive tanto en mis sueños, / y ahonda tanto en mi carne, / que a veces pienso si el cisne / con su dos alas fugaces, / sus raros ojos humanos / y el rojo pico quemante, es sólo un cisne en mi lago / o en mi vida un amante…”.

Beatriz Colombi (2014) pronostica que “los flujos femeninos impregnan, inclusive, al cisne modernista, convirtiéndolo en un magnífico cisne menstruado, feminoide y feminizado, que «mancha» las representaciones de la sexualidad masculina divinizada y estilizada en el «ave olímpica»”. La poética de Agustini no sólo se desmarca del modernismo de Darío, lo desarma. Toma cisne y lo corrige, le da movimiento (Molloy, 1985). Porque en ella el cuerpo es potencia. Porque donde el modernismo ordena, Delmira goza; erotiza el lenguaje, invierte el régimen de representación del cuerpo femenino y transforma el deseo en voz poética activa. Frente al Darío que estetiza a la mujer como blanca y pura (Binns, 2014), Agustini escribe desde un cuerpo deseante, irreverente y amenazante. El lenguaje es cuerpo, deseo y pulsión de muerte como afirmación. El yo femenino es sujeto de placer, en pleno movimiento, no solo como “la musa” decorativa: “Y que vibre, y que desmaye, y que llore, y ruja, y cante, / y sea águila, tigre, paloma en un instante, / que el Universo quepa en sus ansias divinas; / tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame” (p. 139). 

 

Delmira exhibe al cuerpo como centro de gravedad, motor de sentido, núcleo de una conciencia deseante. Mente y carne se alían como fuerza afirmativa, una maquinaria lírica que piensa y escribe desde el goce. En esta inversión, rompe la economía simbólica del modernismo dariano, que estetiza a la mujer como cisne, flor, virgen o princesa, y en su lugar instala una bestialidad femenina que muerde, devora, goza y sangra. Que está activa. Ya no hay musa distante ni ángel pasivo, el yo lírico decreta “mi deseo”, “mi carne”, “mi garra”. El erotismo no se presenta como pecado ni desvío, sino como política de resistencia que dinamita el modelo burgués-patriarcal en plena tensión entre la pulsión y la muerte, entre la entrega y la destrucción.

Así, nuestra poeta reforma desde la carne la matriz modernista que pretendía embellecer y domesticar lo femenino. Toma el cuerpo, lo exhibe, lo incendia. Convierte el goce en verbo, la herida en texto. Y en ese gesto transgrede la forma, subvierte el canon y funda la lengua del deseo que piensa. 

¿Qué sucede cuando el goce femenino escribe? Sucede Delmira.

 

Bibliografía:

  • Agustini, D. (1996). Selección de poemas. En A. Hamed (Ed.), Orientales: Uruguay a través de su poesía. Siglo XX (pp. 131–141). Montevideo: Graffiti.

  • Binns, N. (2014). Lecturas, malas lecturas y parodias: desplumando el cisne rubendariano (Enrique González Martínez, Delmira Agustini, Vicente Huidobro, Nicanor Parra). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.       https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lecturas-malas-lecturas-y-parodias-desplumando-el-cisne-rubendariano-enrique-gonzalez-martinez-delmira-agustini-vicente-huidobro-nicanor-parra/html/3b0d64b9-2ec2-4449-8253-a3c7fe7913f9_3.html

  • Colombi, B. (2014). Prólogo a «Los cálices vacíos» de Delmira Agustini. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.       https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/prologo-a-los-calices-vacios-de-delmira-agustini/html/4daefea3-574a-41b4-a107-e6ecb9bf105c_4.html

  • Darío, R. (1986). Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. En Poesía. Biblioteca Ayacucho & Hyspamérica Ediciones Argentina.

  • Molloy, S. (1985). Dos lecturas del cisne: Rubén Darío y Delmira Agustini. En M. F. Hernández (Comp.), La sartén por el mango: Encuentro de escritoras latinoamericanas (pp. 57–69). Ediciones Huracán. 

jueves, 3 de julio de 2025

Reformulación pampeana del no future en Elías Castelnuovo y Osvaldo Lamborghini


Cuerpos huecos, rotos. Partes del engranaje, condenados al descarte. La infancia opera como dispositivo donde el capitalismo inscribe su violencia ritual. ¿Hay futuro entre la herencia de la marginalidad, la pedagogía del maltrato y la muerte como organización del sentido?

Entre criaturas infectadas por la miseria y un Estado que legitima la pobreza en calidad de segmento útil, la violencia se narra desde la carne que supura los desechos del propio sistema. No hay espacio lúdico, ni escucha activa, ni acompañamiento. La idea de hogar se desvanece frente a la supervivencia.

Reprimir, sangrar, desatender. En Castelnuovo, las infancias cargan con la podredumbre legada y la ausencia que los condena a la falta, a la incapacidad. Un sujeto institucional asume la necesidad de reformarlas, guarecerlas, curarlas. En esta pesquisa, se conjuga la enseñanza con la crueldad física y psicológica como mecanismo naturalizado y pedagógico. Así, se continúa tirando de una cadena que refuerza lo grotesco y anula toda proyección de porvenir. 

Señalar, someter, silenciar. En Lamborghini, el niño pobre existe para ser eliminado: su presencia activa el deseo sádico del hijo burgués, que requiere de ese cuerpo-objeto para reafirmar su lugar y reproducir el ciclo. Las escenas se fundan a partir del exceso: deshumanización y mutismo de la víctima, lenguaje elitista, aberturas en expansión, androcentrismo, secreciones como materia prima de la hermandad. De esta manera se evidencia el mecanismo de goce y sacrificio al servicio de la clase dominante. El suplicio dilatado y la muerte efímera en manos de menores, lejos de clausurar, organiza y sostiene la lógica capitalista. Sangre, excremento y emesis proceden a modo de lubricante en el engranaje de una maquinaria que desea, devora, absorbe y eyacula. 

Toda institución fracasa por ausencia. No hay refugio posible cuando los entes que deberían asistir y contener profundizan la herida y permiten la caída. No corrigen, validan el sufrimiento naturalizando el destino infausto del vulnerable. Es una lógica que no repara, reproduce y desconoce a la infancia como sujeto de derecho. El niño pobre es empujado a una trayectoria marcada por la exclusión, donde la violencia simbólica se transforma rápidamente en violencia física. Un objeto de expiación social, una descarga reparadora para los excesos del mundo capitalista. La cadena se sostiene sobre ese círculo de fallas sistemáticas que no son errores, sino parte del diseño. Se engendran infancias rotas, y lejos de ser una consecuencia trágica, son eslabones desechables en un sistema que requiere víctimas para sostenerse; alimentos de clase condenados a la muerte en el orden simbólico y también en el material. 

Las infancias son tabla rasa donde se imprime la violencia superestructural. Un espejo invertido de una sociedad que proyecta sus fallas y su propia lógica. Nacer pobre no es solo un dato biográfico: es una sentencia de muerte funcional. Una condena escrita de antemano en la jerarquía social, que convierte la mera existencia en un riesgo, en un estorbo, en algo a contener, vigilar o desaparecer.

Expiar, castigar, destruir.

¿Hay futuro?




Bibliografía:

  • Elías Castelnuovo: "Mandinga" y "Guitarrita" (Larvas, 1932)

  • Osvaldo Lamborghini: “El niño proletario” (1973)

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