jueves, 27 de noviembre de 2025

Alfonsina Storni y Marosa di Giorgio, mujeres lunares


La luna acompaña. Se quiebra en los nimios charcos, en la vastedad del mar. Habilita o deroga la oscuridad; enciende y apaga la noche. En su vaivén, transforma espacios, los erige. Es materia viva que mueve mareas, gesta palabras. Da forma. Como la mujer, la luna sangra, se renueva. Se colma, se vacía; engendra solo y si lo desea.
Alfonsina Storni y Marosa di Giorgio alteran el molde modernista que se levantó con astros, flores y cisnes. Toman la palabra y disgregan la unidad para reconstruir un discurso poético que deja en evidencia al lenguaje como artificio rítmico. Cuando aluden a la luna, la exhiben como centro de gravedad y sujeto deseante que condensa y habilita la fuerza en la composición poética. ¿Puede un objeto astral ser resignificado como sujeto deseante?

La figura de la luna en Alfonsina Storni se delata activa, humanizada. Siempre atravesada por lo fantástico, construida con retazos de significaciones. Puede mirar, moverse. Pudrirse. Como propone Tinianov (1972), la forma y los elementos valen más que el sentido; la comunicación pasa a segundo plano para exponer la estética del verso. La luna no comunica un símbolo fijo, sino que se despliega como ritmo, elemento en movimiento que sustituye la representación por el desplazamiento. Acompaña y observa, se mimetiza con el yo poético: “las estrellas me hablan, / y me beso los dedos, / finos de luna blanca” (Storni, 2017, 12). Hay conexión astral; se suprime la frontera entre cuerpo y cielo. La luna mora en el cuerpo femenino. Se cuela entre recuerdos, “se asomaba a vernos el disco de la luna” (55) . La luna es rítmica, un personaje con pulsión de vida, con ojos que miran el tránsito y el cantar primaveral del recuerdo de juventud. También, puede volverse atributo, alunar a la lluvia que “cubre de paz la huella ya cerrada” (89); ser tajo en una “navaja lunada / de aguas filosas” (73); ser mar, un “milagro / de acero” que “toca tus sentidos” (92). Pero también puede corromperse en sintonía con lo terrenal, “agria está la luna”, “verde, desteñida” (70). Entre la podredumbre, se comparte la condición de decadencia mundana. Aquí, se subvierte el objeto idealizado, ese cuerpo inmaculado que solo podía embellecer o consolar.
El poema “Verso decorativo” es otro punto de condensación de esta lectura lunar: una niña ve a la luna reflejada en un estanque y la toma. La luna deja de ser objeto astral para convertirse en materia palpable, apropiable. El “disco de oro”, se vuelve una joya hurtada, un “redondo tesoro”. La naturaleza se mimetiza con la niña que se escapa con su rapto lunar, una correspondencia latente entre cuerpo y entorno, entre deseo y movimiento. La luna se deja poseer y en ese contacto transforma el espacio. Da vida, ilumina. La pequeña también muta, “la cabellera negra se le tornó luciente” y en “su grito de alegría” la escoltaron aves mientras se iluminaba el bosque (58). La luna aquí es símbolo de apropiación y de goce: la niña toma la luz y la hace suya en su abundancia resplandeciente.
En estos versos, Alfonsina Storni cohesiona lo celeste con lo humano y ubica al astro lunar como un cuerpo vivo. Marina Mariasch (2023, párr. 7), en el prólogo de Poesía completa, recuerda que donde hay un cuerpo, coexiste el deseo. Entonces, si la luna es materia viva, si contempla y concibe, entonces también ella desea.

En Marosa di Giorgio, la poesía abre un territorio de lo extraño en lo familiar (Echavarren, 1992, 1104), un mundo donde lo vegetal copula con lo animal y donde el yo poético, diluido, se confunde con todo lo demás. Con la otredad, con el afuera. Se evidencia una continuidad interespecie y devenires que atraviesan el texto y desdibujan los límites entre lo humano y la naturaleza. Los paraísos artificiales son reapropiados como espacios de creación poética; la isotopía, en su repetición marca un trabajo minucioso con el significante, donde la musicalidad adquiere un valor estructural. Los textos son híbridos entre verso y prosa; se relata una historia con continuidad narrativa que estimula la percepción consciente del uso del lenguaje y su poder constructivo. La figura de la luna intercede en el recorrido de Los papeles Salvajes (di Giorgio, 2000) como motivo recurrente y omnipresente. La significación se dilata en la pluralidad de la adjetivación lunar, que adquiere diversas intensidades, matices y colores según la inflexión de cada poema.
Desde el vamos, Marosa di Giorgio declara en su ficha autobiográfica: “nací y vivo en Salto del Uruguay, una ciudad que queda cerca del agua y de la luna.”; “mi infunda es la luna, patente como una rosa” (110). Desde el registro autobiográfico, el yo poético se escinde del cuerpo de la autora y se transfigura para crear un mundo donde la figura lunar es origen y condición. La luna, a lo largo de sus poemas, aparece como cuerpo pero también escena, un organismo que puede multiplicarse, desaparecer. Intervenir, transmutar. Puede ser “un cadáver pero femenino y blanco” (75), y luego una paloma que sale de las nubes y consigue “sacar de las nieves alguna lentejuela, alguna hiedra de color” (83). Hay movimiento, hay transformación. Se poluciona de materia terrestre. Puede ser traicionera pero también piadosa, permite que los pájaros la picoteen y acaricien. Puede ser “un medallón anacaradísimo, todo ribeteado de piedras celestes y rosadas” (465), “perpetua y negra” (378), “pálida como un huevo (de las grandes lluvias); o la luna roja (de las sequías)” (446). La luna cambia según lo exige la escena poética y su deseo. Engendra sus variaciones, es punto de partida y expansión. De esta manera, “el proceso de la significación [...] no tiene fin (porque lo que significa no cesa en sus metamorfosis)” (Mallol, 2007, 241). El elemento lunar puede ser infinitamente resignificado y conservar su estatus de elemento de transmutación. La última poeta del Uruguay, como la llamó Echavarren (1992), aperturó esta claridad-sombría, la del cuerpo que goza su propia conversión del mismísimo devenir lunar.
En este universo regido por la luna, nada escapa a su control; es creadora, sujeto de fluctuación. Es principio, motor. La luz que irradia sobre la tierra (condición de astro celeste por reflejo de la luz solar) y su esencia creadora (condición celestial) se presentan en igualdad ante el mundo surrealista. No hay jerarquía entre reflejar y concebir, ambas nociones conviven en el mismo plano. Es cuerpo y deidad, albor materno que gobierna en su afán: “se encendió y me envió algo blanco, una avecilla, un patito de dulzuras, que me entró en la sangre, en el corazón” (di Giorgio, 2000, 119). La imagen es de fecundación. Interioridad. El linaje de la voz poética es lunar y devoto: se confiesa adoradora y sonámbula de su luz, embrujada por ella, instruida en el arte de volar bajo su influjo, y proclama que no quisiera morir solo por no dejar de verla (191-223). Afirma que “el sol y la luna son Dios y la Virgen” (400), una certeza que entrelaza lo astral con lo divino, una correspondencia sagrada y matriarca. Así mismo, “por un segundo la luz lunar y la del sol parecen una” (274), se funden en una inmensidad que disuelve la dualidad de su contraste. En esta materialización ocurre el instante donde el artificio alcanza su máxima credibilidad, donde la fantasmagoría se vuelve tangible (Echavarren, 1992, 1112). La luna es un elemento sagrado trivalente: familiar, oxímoron y divina.

Si en Alfonsina Storni la luna es materia en movimiento, en Marosa di Giorgio es, además de sujeto en tránsito, matriz de creación y metamorfosis. Ambas reformulan la herencia modernista femenina de quietud y contemplación pasiva, pero desde distintos procedimientos. Por un lado, el astro se humaniza, se aproxima al cuerpo y a la experiencia; por otro, la luna asciende a una esfera de lo sagrado y lo mítico, se vuelve principio generador. Cuerpo fecundo. En ambas, la luna se libera de la ornamentación romántica para alcanzar su propia autonomía. Deja de ser un astro para volverse sujeto. Su luz penetra, fecunda y transforma con un pie en la tierra y otro en el cielo. De esta manera, el lenguaje poético funciona como pasarela entre lo físico y lo metafísico, entre la materia y lo surreal.
La luna irrumpe la sintaxis y construye a voluntad.
El poema es su órbita. La reproducción es lingüística.
De esta manera, se reconfigura la imagen de la luna. Se libera. Se emancipa del signo, habilita un umbral donde el yo poético engendra mundos con infinitas significaciones. En su vicisitud, se confunde lo divino y lo terrenal, se abre un mundo donde deja de ser imagen y se vuelve presencia, donde la cadencia del verso revela la infinitud del código.
El yo se dispersa en el devenir lunar.
Y así, la luna narra el tiempo.
Da flor, da luz.


Referencias bibliográficas:

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Leyendo a Sor Juana. Suspiro de Primero Sueño

Ayer, hoy, mañana,

un alma ansía trascender la carne

y sumergirse en las aguas del saber.

Trenza una red para sublimarse

con retazos de anhelo

de conocer un mundo infinito.


La noche, en su manto cómplice,

la libera de su presidio.

Y así, escapa de las sombras,

honrando alegorías platónicas,

y se precipita en un sol que deslumbra, ciega.

En el intento por comprender,

se pierde indagando.

Pasea entre letras y signos,

pájaros de tinta, 

que la acarician y la hieren.


El alma —la tuya, la mía—

descubre que desviarse

es otra forma de aproximarse al saber.

Así, en la inquieta noche del ser,

el alma danza.

Irse y volver

en una esperanza hecha vuelo.

Y en el resurgir del alba,

suspende el viaje resplandeciente

pero jamás abandona el deseo

de continuar con su demanda.



Ayer, hoy, mañana,

un alma ansía trascender la carne… 



martes, 29 de julio de 2025

La pluma del goce de Delmira Agustini

¿Qué puede un cuerpo que piensa, desea y escribe? Donde Darío idealiza, Delmira encarna. Su poética altera el molde modernista que se levantó con flores y cisnes. Erotiza el verbo, reescribe el deseo, funda un sujeto femenino que ya no adorna el poema. Lo posee. Y en esa encarnadura, se desmarca. ¿Qué ocurre cuando el goce femenino se transforma en lenguaje?
En la poética de Delmira Agustini, el cuerpo femenino —por un lado, históricamente silenciado, y por otro, decorado por el modernismo dariano— se alza, se expresa y se sacude la floritura para volverse acto. Allí donde el programa modernista de Rubén Darío intenta elevar lo femenino a figura ideal, mística, pura y pasiva —“concibe en una gloria de luz y de harmonía / la Helena eterna y pura que encarna el ideal” (1986, p. 123)—, Delmira baja a la carne, la enciende y la piensa. El placer es lenguaje y cuerpo: “pero en su carne me habla / y yo en mi carne le entiendo” (1996, p. 136). El resultado, lejos de ser armonía, es exceso: hay gemido, hay sombra, hay sangre y fulgor. De esta manera, subvierte el programa modernista desde sus bases. La mujer deja de ser inspiración, una forma ideal, para transformarse en autoría y materia deseante que se piensa a sí misma: “vive tanto en mis sueños, / y ahonda tanto en mi carne, / que a veces pienso si el cisne / con su dos alas fugaces, / sus raros ojos humanos / y el rojo pico quemante, es sólo un cisne en mi lago / o en mi vida un amante…”.

Beatriz Colombi (2014) pronostica que “los flujos femeninos impregnan, inclusive, al cisne modernista, convirtiéndolo en un magnífico cisne menstruado, feminoide y feminizado, que «mancha» las representaciones de la sexualidad masculina divinizada y estilizada en el «ave olímpica»”. La poética de Agustini no sólo se desmarca del modernismo de Darío, lo desarma. Toma cisne y lo corrige, le da movimiento (Molloy, 1985). Porque en ella el cuerpo es potencia. Porque donde el modernismo ordena, Delmira goza; erotiza el lenguaje, invierte el régimen de representación del cuerpo femenino y transforma el deseo en voz poética activa. Frente al Darío que estetiza a la mujer como blanca y pura (Binns, 2014), Agustini escribe desde un cuerpo deseante, irreverente y amenazante. El lenguaje es cuerpo, deseo y pulsión de muerte como afirmación. El yo femenino es sujeto de placer, en pleno movimiento, no solo como “la musa” decorativa: “Y que vibre, y que desmaye, y que llore, y ruja, y cante, / y sea águila, tigre, paloma en un instante, / que el Universo quepa en sus ansias divinas; / tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame” (p. 139). 

 

Delmira exhibe al cuerpo como centro de gravedad, motor de sentido, núcleo de una conciencia deseante. Mente y carne se alían como fuerza afirmativa, una maquinaria lírica que piensa y escribe desde el goce. En esta inversión, rompe la economía simbólica del modernismo dariano, que estetiza a la mujer como cisne, flor, virgen o princesa, y en su lugar instala una bestialidad femenina que muerde, devora, goza y sangra. Que está activa. Ya no hay musa distante ni ángel pasivo, el yo lírico decreta “mi deseo”, “mi carne”, “mi garra”. El erotismo no se presenta como pecado ni desvío, sino como política de resistencia que dinamita el modelo burgués-patriarcal en plena tensión entre la pulsión y la muerte, entre la entrega y la destrucción.

Así, nuestra poeta reforma desde la carne la matriz modernista que pretendía embellecer y domesticar lo femenino. Toma el cuerpo, lo exhibe, lo incendia. Convierte el goce en verbo, la herida en texto. Y en ese gesto transgrede la forma, subvierte el canon y funda la lengua del deseo que piensa. 

¿Qué sucede cuando el goce femenino escribe? Sucede Delmira.

 

Bibliografía:

  • Agustini, D. (1996). Selección de poemas. En A. Hamed (Ed.), Orientales: Uruguay a través de su poesía. Siglo XX (pp. 131–141). Montevideo: Graffiti.

  • Binns, N. (2014). Lecturas, malas lecturas y parodias: desplumando el cisne rubendariano (Enrique González Martínez, Delmira Agustini, Vicente Huidobro, Nicanor Parra). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.       https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lecturas-malas-lecturas-y-parodias-desplumando-el-cisne-rubendariano-enrique-gonzalez-martinez-delmira-agustini-vicente-huidobro-nicanor-parra/html/3b0d64b9-2ec2-4449-8253-a3c7fe7913f9_3.html

  • Colombi, B. (2014). Prólogo a «Los cálices vacíos» de Delmira Agustini. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.       https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/prologo-a-los-calices-vacios-de-delmira-agustini/html/4daefea3-574a-41b4-a107-e6ecb9bf105c_4.html

  • Darío, R. (1986). Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. En Poesía. Biblioteca Ayacucho & Hyspamérica Ediciones Argentina.

  • Molloy, S. (1985). Dos lecturas del cisne: Rubén Darío y Delmira Agustini. En M. F. Hernández (Comp.), La sartén por el mango: Encuentro de escritoras latinoamericanas (pp. 57–69). Ediciones Huracán. 

jueves, 3 de julio de 2025

Reformulación pampeana del no future en Elías Castelnuovo y Osvaldo Lamborghini


Cuerpos huecos, rotos. Partes del engranaje, condenados al descarte. La infancia opera como dispositivo donde el capitalismo inscribe su violencia ritual. ¿Hay futuro entre la herencia de la marginalidad, la pedagogía del maltrato y la muerte como organización del sentido?

Entre criaturas infectadas por la miseria y un Estado que legitima la pobreza en calidad de segmento útil, la violencia se narra desde la carne que supura los desechos del propio sistema. No hay espacio lúdico, ni escucha activa, ni acompañamiento. La idea de hogar se desvanece frente a la supervivencia.

Reprimir, sangrar, desatender. En Castelnuovo, las infancias cargan con la podredumbre legada y la ausencia que los condena a la falta, a la incapacidad. Un sujeto institucional asume la necesidad de reformarlas, guarecerlas, curarlas. En esta pesquisa, se conjuga la enseñanza con la crueldad física y psicológica como mecanismo naturalizado y pedagógico. Así, se continúa tirando de una cadena que refuerza lo grotesco y anula toda proyección de porvenir. 

Señalar, someter, silenciar. En Lamborghini, el niño pobre existe para ser eliminado: su presencia activa el deseo sádico del hijo burgués, que requiere de ese cuerpo-objeto para reafirmar su lugar y reproducir el ciclo. Las escenas se fundan a partir del exceso: deshumanización y mutismo de la víctima, lenguaje elitista, aberturas en expansión, androcentrismo, secreciones como materia prima de la hermandad. De esta manera se evidencia el mecanismo de goce y sacrificio al servicio de la clase dominante. El suplicio dilatado y la muerte efímera en manos de menores, lejos de clausurar, organiza y sostiene la lógica capitalista. Sangre, excremento y emesis proceden a modo de lubricante en el engranaje de una maquinaria que desea, devora, absorbe y eyacula. 

Toda institución fracasa por ausencia. No hay refugio posible cuando los entes que deberían asistir y contener profundizan la herida y permiten la caída. No corrigen, validan el sufrimiento naturalizando el destino infausto del vulnerable. Es una lógica que no repara, reproduce y desconoce a la infancia como sujeto de derecho. El niño pobre es empujado a una trayectoria marcada por la exclusión, donde la violencia simbólica se transforma rápidamente en violencia física. Un objeto de expiación social, una descarga reparadora para los excesos del mundo capitalista. La cadena se sostiene sobre ese círculo de fallas sistemáticas que no son errores, sino parte del diseño. Se engendran infancias rotas, y lejos de ser una consecuencia trágica, son eslabones desechables en un sistema que requiere víctimas para sostenerse; alimentos de clase condenados a la muerte en el orden simbólico y también en el material. 

Las infancias son tabla rasa donde se imprime la violencia superestructural. Un espejo invertido de una sociedad que proyecta sus fallas y su propia lógica. Nacer pobre no es solo un dato biográfico: es una sentencia de muerte funcional. Una condena escrita de antemano en la jerarquía social, que convierte la mera existencia en un riesgo, en un estorbo, en algo a contener, vigilar o desaparecer.

Expiar, castigar, destruir.

¿Hay futuro?




Bibliografía:

  • Elías Castelnuovo: "Mandinga" y "Guitarrita" (Larvas, 1932)

  • Osvaldo Lamborghini: “El niño proletario” (1973)

martes, 28 de enero de 2025

Poema Primero *

Mi alma trasluce cuando miro fijo.

Si cierro los ojos

se oculta tras mi piel

marcada de colores y rosas

(muchas rosas)

profundamente pinchadas

en un lienzo tan claro como oscuro.

Sangran negro,

sangran colores,

sangran.

Quisiera desarmarme
para volverme a armar,
mover distinto las piezas.
Desarticular mis nervios
hasta volverlos trizas.
Escuchar cómo se parten
y ver esos trozos crujientes
esparcidos por el suelo

como cristales de lo que fue,
añicos de lo que no será.


Quisiera pisarlos sin importar
que mi cuerpo sangre.
Sentir el instante en que desaparecen,
creerlos ajenos.
Hilar una red recia
con partes de lo que fui
y lo que quiero ser
en un mundo que nos expulsa
a todo desconsuelo.

Quisiera patear mis recelos
en el fondo de una caja
con el dibujo de una Luna
repleta de sonidos floridos
y paisajes musicales.
Meter notas invisibles
en una botella de vidrio grueso,
esperar a que se quiebre
expulsando las líneas de mi sistema.

Me pierdo buscando,
buscándome.






* Cuarta versión de un poema escrito en julio del 2022.

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