La luna acompaña. Se quiebra en los nimios charcos, en la vastedad del mar. Habilita o deroga la oscuridad; enciende y apaga la noche. En su vaivén, transforma espacios, los erige. Es materia viva que mueve mareas, gesta palabras. Da forma. Como la mujer, la luna sangra, se renueva. Se colma, se vacía; engendra solo y si lo desea.
Alfonsina Storni y Marosa di Giorgio alteran el molde modernista que se levantó con astros, flores y cisnes. Toman la palabra y disgregan la unidad para reconstruir un discurso poético que deja en evidencia al lenguaje como artificio rítmico. Cuando aluden a la luna, la exhiben como centro de gravedad y sujeto deseante que condensa y habilita la fuerza en la composición poética. ¿Puede un objeto astral ser resignificado como sujeto deseante?
La figura de la luna en Alfonsina Storni se delata activa, humanizada. Siempre atravesada por lo fantástico, construida con retazos de significaciones. Puede mirar, moverse. Pudrirse. Como propone Tinianov (1972), la forma y los elementos valen más que el sentido; la comunicación pasa a segundo plano para exponer la estética del verso. La luna no comunica un símbolo fijo, sino que se despliega como ritmo, elemento en movimiento que sustituye la representación por el desplazamiento. Acompaña y observa, se mimetiza con el yo poético: “las estrellas me hablan, / y me beso los dedos, / finos de luna blanca” (Storni, 2017, 12). Hay conexión astral; se suprime la frontera entre cuerpo y cielo. La luna mora en el cuerpo femenino. Se cuela entre recuerdos, “se asomaba a vernos el disco de la luna” (55) . La luna es rítmica, un personaje con pulsión de vida, con ojos que miran el tránsito y el cantar primaveral del recuerdo de juventud. También, puede volverse atributo, alunar a la lluvia que “cubre de paz la huella ya cerrada” (89); ser tajo en una “navaja lunada / de aguas filosas” (73); ser mar, un “milagro / de acero” que “toca tus sentidos” (92). Pero también puede corromperse en sintonía con lo terrenal, “agria está la luna”, “verde, desteñida” (70). Entre la podredumbre, se comparte la condición de decadencia mundana. Aquí, se subvierte el objeto idealizado, ese cuerpo inmaculado que solo podía embellecer o consolar.
El poema “Verso decorativo” es otro punto de condensación de esta lectura lunar: una niña ve a la luna reflejada en un estanque y la toma. La luna deja de ser objeto astral para convertirse en materia palpable, apropiable. El “disco de oro”, se vuelve una joya hurtada, un “redondo tesoro”. La naturaleza se mimetiza con la niña que se escapa con su rapto lunar, una correspondencia latente entre cuerpo y entorno, entre deseo y movimiento. La luna se deja poseer y en ese contacto transforma el espacio. Da vida, ilumina. La pequeña también muta, “la cabellera negra se le tornó luciente” y en “su grito de alegría” la escoltaron aves mientras se iluminaba el bosque (58). La luna aquí es símbolo de apropiación y de goce: la niña toma la luz y la hace suya en su abundancia resplandeciente.
En estos versos, Alfonsina Storni cohesiona lo celeste con lo humano y ubica al astro lunar como un cuerpo vivo. Marina Mariasch (2023, párr. 7), en el prólogo de Poesía completa, recuerda que donde hay un cuerpo, coexiste el deseo. Entonces, si la luna es materia viva, si contempla y concibe, entonces también ella desea.
En Marosa di Giorgio, la poesía abre un territorio de lo extraño en lo familiar (Echavarren, 1992, 1104), un mundo donde lo vegetal copula con lo animal y donde el yo poético, diluido, se confunde con todo lo demás. Con la otredad, con el afuera. Se evidencia una continuidad interespecie y devenires que atraviesan el texto y desdibujan los límites entre lo humano y la naturaleza. Los paraísos artificiales son reapropiados como espacios de creación poética; la isotopía, en su repetición marca un trabajo minucioso con el significante, donde la musicalidad adquiere un valor estructural. Los textos son híbridos entre verso y prosa; se relata una historia con continuidad narrativa que estimula la percepción consciente del uso del lenguaje y su poder constructivo. La figura de la luna intercede en el recorrido de Los papeles Salvajes (di Giorgio, 2000) como motivo recurrente y omnipresente. La significación se dilata en la pluralidad de la adjetivación lunar, que adquiere diversas intensidades, matices y colores según la inflexión de cada poema.
Desde el vamos, Marosa di Giorgio declara en su ficha autobiográfica: “nací y vivo en Salto del Uruguay, una ciudad que queda cerca del agua y de la luna.”; “mi infunda es la luna, patente como una rosa” (110). Desde el registro autobiográfico, el yo poético se escinde del cuerpo de la autora y se transfigura para crear un mundo donde la figura lunar es origen y condición. La luna, a lo largo de sus poemas, aparece como cuerpo pero también escena, un organismo que puede multiplicarse, desaparecer. Intervenir, transmutar. Puede ser “un cadáver pero femenino y blanco” (75), y luego una paloma que sale de las nubes y consigue “sacar de las nieves alguna lentejuela, alguna hiedra de color” (83). Hay movimiento, hay transformación. Se poluciona de materia terrestre. Puede ser traicionera pero también piadosa, permite que los pájaros la picoteen y acaricien. Puede ser “un medallón anacaradísimo, todo ribeteado de piedras celestes y rosadas” (465), “perpetua y negra” (378), “pálida como un huevo (de las grandes lluvias); o la luna roja (de las sequías)” (446). La luna cambia según lo exige la escena poética y su deseo. Engendra sus variaciones, es punto de partida y expansión. De esta manera, “el proceso de la significación [...] no tiene fin (porque lo que significa no cesa en sus metamorfosis)” (Mallol, 2007, 241). El elemento lunar puede ser infinitamente resignificado y conservar su estatus de elemento de transmutación. La última poeta del Uruguay, como la llamó Echavarren (1992), aperturó esta claridad-sombría, la del cuerpo que goza su propia conversión del mismísimo devenir lunar.
En este universo regido por la luna, nada escapa a su control; es creadora, sujeto de fluctuación. Es principio, motor. La luz que irradia sobre la tierra (condición de astro celeste por reflejo de la luz solar) y su esencia creadora (condición celestial) se presentan en igualdad ante el mundo surrealista. No hay jerarquía entre reflejar y concebir, ambas nociones conviven en el mismo plano. Es cuerpo y deidad, albor materno que gobierna en su afán: “se encendió y me envió algo blanco, una avecilla, un patito de dulzuras, que me entró en la sangre, en el corazón” (di Giorgio, 2000, 119). La imagen es de fecundación. Interioridad. El linaje de la voz poética es lunar y devoto: se confiesa adoradora y sonámbula de su luz, embrujada por ella, instruida en el arte de volar bajo su influjo, y proclama que no quisiera morir solo por no dejar de verla (191-223). Afirma que “el sol y la luna son Dios y la Virgen” (400), una certeza que entrelaza lo astral con lo divino, una correspondencia sagrada y matriarca. Así mismo, “por un segundo la luz lunar y la del sol parecen una” (274), se funden en una inmensidad que disuelve la dualidad de su contraste. En esta materialización ocurre el instante donde el artificio alcanza su máxima credibilidad, donde la fantasmagoría se vuelve tangible (Echavarren, 1992, 1112). La luna es un elemento sagrado trivalente: familiar, oxímoron y divina.
Si en Alfonsina Storni la luna es materia en movimiento, en Marosa di Giorgio es, además de sujeto en tránsito, matriz de creación y metamorfosis. Ambas reformulan la herencia modernista femenina de quietud y contemplación pasiva, pero desde distintos procedimientos. Por un lado, el astro se humaniza, se aproxima al cuerpo y a la experiencia; por otro, la luna asciende a una esfera de lo sagrado y lo mítico, se vuelve principio generador. Cuerpo fecundo. En ambas, la luna se libera de la ornamentación romántica para alcanzar su propia autonomía. Deja de ser un astro para volverse sujeto. Su luz penetra, fecunda y transforma con un pie en la tierra y otro en el cielo. De esta manera, el lenguaje poético funciona como pasarela entre lo físico y lo metafísico, entre la materia y lo surreal.
La luna irrumpe la sintaxis y construye a voluntad.
El poema es su órbita. La reproducción es lingüística.
De esta manera, se reconfigura la imagen de la luna. Se libera. Se emancipa del signo, habilita un umbral donde el yo poético engendra mundos con infinitas significaciones. En su vicisitud, se confunde lo divino y lo terrenal, se abre un mundo donde deja de ser imagen y se vuelve presencia, donde la cadencia del verso revela la infinitud del código.
El yo se dispersa en el devenir lunar.
Y así, la luna narra el tiempo.
Da flor, da luz.
Referencias bibliográficas:
di Giorgio, M. (2000). Los papeles salvajes. Poesía completa. Buenos Aires, Argentina: Adriana Hidalgo Editora.
Echavarren, R. (1992). Marosa di Giorgio, última poeta del Uruguay. Revista Iberoamericana, LVIII(160-161), julio-diciembre.
Mallol, A. (2007). Una caricia deliciosa (Marosa). En G. Siles y M. E. Bestani (Comps.), La pequeña voz del mundo (pp. 235-246). Tucumán, Argentina: Universidad Nacional de Tucumán.
Mariash, M. (2023). Prólogo. En Poesía completa [versión electrónica]. Recuperado de https://ar.bajalibros.com/reader/alfonsina-storni-poesia-completa?location=eyJjaGFwdGVySHJlZiI6ImlkLTAwMyIsImNmaSI6Ii80LzIvMi8yLzE6MCJ9
Storni, A. (2017). Poesía completa [versión digital]. Recuperado de https://digitales.bcn.gob.ar/files/textos/PoemasAlfonsinaStorni.pd
Tinianov, I. (1972). El problema de la lengua poética. Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores.

