La música suena diferente cuando el cielo traza estrías de luz inquieta y sus nubes explotan en el vendaval. Las estrellas están escondidas e intentan iluminar, aún ya muertas, en esta nebulosa que se confunde entre la amalgama de humos reales y artificiales, y un horizonte marcado por un escenario. Son dioses de carne y hueso, pienso, piedras preciosas rodantes, iluminados en su danza macabra, ahora; y cantando al amor, después. El superpoder melódico alimenta. Amamantacorazones. Descanso mis párpados y floto sobre este suelo ficticio, encastrado como un rompecabezas, que no esconde el olor a tierra húmeda ni las pisadas de tanta multitud. La valla de metal se convierte en una extensión de mi cuerpo, aunque es la misma que me separa del sueño. Y así, siento acariciar mi alma hidratada por esta música anima ánima.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario