jueves, 3 de julio de 2025

Reformulación pampeana del no future en Elías Castelnuovo y Osvaldo Lamborghini


Cuerpos huecos, rotos. Partes del engranaje, condenados al descarte. La infancia opera como dispositivo donde el capitalismo inscribe su violencia ritual. ¿Hay futuro entre la herencia de la marginalidad, la pedagogía del maltrato y la muerte como organización del sentido?

Entre criaturas infectadas por la miseria y un Estado que legitima la pobreza en calidad de segmento útil, la violencia se narra desde la carne que supura los desechos del propio sistema. No hay espacio lúdico, ni escucha activa, ni acompañamiento. La idea de hogar se desvanece frente a la supervivencia.

Reprimir, sangrar, desatender. En Castelnuovo, las infancias cargan con la podredumbre legada y la ausencia que los condena a la falta, a la incapacidad. Un sujeto institucional asume la necesidad de reformarlas, guarecerlas, curarlas. En esta pesquisa, se conjuga la enseñanza con la crueldad física y psicológica como mecanismo naturalizado y pedagógico. Así, se continúa tirando de una cadena que refuerza lo grotesco y anula toda proyección de porvenir. 

Señalar, someter, silenciar. En Lamborghini, el niño pobre existe para ser eliminado: su presencia activa el deseo sádico del hijo burgués, que requiere de ese cuerpo-objeto para reafirmar su lugar y reproducir el ciclo. Las escenas se fundan a partir del exceso: deshumanización y mutismo de la víctima, lenguaje elitista, aberturas en expansión, androcentrismo, secreciones como materia prima de la hermandad. De esta manera se evidencia el mecanismo de goce y sacrificio al servicio de la clase dominante. El suplicio dilatado y la muerte efímera en manos de menores, lejos de clausurar, organiza y sostiene la lógica capitalista. Sangre, excremento y emesis proceden a modo de lubricante en el engranaje de una maquinaria que desea, devora, absorbe y eyacula. 

Toda institución fracasa por ausencia. No hay refugio posible cuando los entes que deberían asistir y contener profundizan la herida y permiten la caída. No corrigen, validan el sufrimiento naturalizando el destino infausto del vulnerable. Es una lógica que no repara, reproduce y desconoce a la infancia como sujeto de derecho. El niño pobre es empujado a una trayectoria marcada por la exclusión, donde la violencia simbólica se transforma rápidamente en violencia física. Un objeto de expiación social, una descarga reparadora para los excesos del mundo capitalista. La cadena se sostiene sobre ese círculo de fallas sistemáticas que no son errores, sino parte del diseño. Se engendran infancias rotas, y lejos de ser una consecuencia trágica, son eslabones desechables en un sistema que requiere víctimas para sostenerse; alimentos de clase condenados a la muerte en el orden simbólico y también en el material. 

Las infancias son tabla rasa donde se imprime la violencia superestructural. Un espejo invertido de una sociedad que proyecta sus fallas y su propia lógica. Nacer pobre no es solo un dato biográfico: es una sentencia de muerte funcional. Una condena escrita de antemano en la jerarquía social, que convierte la mera existencia en un riesgo, en un estorbo, en algo a contener, vigilar o desaparecer.

Expiar, castigar, destruir.

¿Hay futuro?




Bibliografía:

  • Elías Castelnuovo: "Mandinga" y "Guitarrita" (Larvas, 1932)

  • Osvaldo Lamborghini: “El niño proletario” (1973)

martes, 28 de enero de 2025

Poema Primero *

Mi alma trasluce cuando miro fijo.

Si cierro los ojos

se oculta tras mi piel

marcada de colores y rosas

(muchas rosas)

profundamente pinchadas

en un lienzo tan claro como oscuro.

Sangran negro,

sangran colores,

sangran.

Quisiera desarmarme
para volverme a armar,
mover distinto las piezas.
Desarticular mis nervios
hasta volverlos trizas.
Escuchar cómo se parten
y ver esos trozos crujientes
esparcidos por el suelo

como cristales de lo que fue,
añicos de lo que no será.


Quisiera pisarlos sin importar
que mi cuerpo sangre.
Sentir el instante en que desaparecen,
creerlos ajenos.
Hilar una red recia
con partes de lo que fui
y lo que quiero ser
en un mundo que nos expulsa
a todo desconsuelo.

Quisiera patear mis recelos
en el fondo de una caja
con el dibujo de una Luna
repleta de sonidos floridos
y paisajes musicales.
Meter notas invisibles
en una botella de vidrio grueso,
esperar a que se quiebre
expulsando las líneas de mi sistema.

Me pierdo buscando,
buscándome.






* Cuarta versión de un poema escrito en julio del 2022.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Rolling Stones - febrero 2016

    La música suena diferente cuando el cielo traza estrías de luz inquieta y sus nubes explotan en el vendaval. Las estrellas están escondidas e intentan iluminar, aún ya muertas, en esta nebulosa que se confunde entre la amalgama de humos reales y artificiales, y un horizonte marcado por un escenario. Son dioses de carne y hueso, pienso, piedras preciosas rodantes, iluminados en su danza macabra, ahora; y cantando al amor, después. El superpoder melódico alimenta. Amamantacorazones. Descanso mis párpados y floto sobre este suelo ficticio, encastrado como un rompecabezas, que no esconde el olor a tierra húmeda ni las pisadas de tanta multitud. La valla de metal se convierte en una extensión de mi cuerpo, aunque es la misma que me separa del sueño. Y así, siento acariciar mi alma hidratada por esta música anima ánima.


Poesía en el caribe - 11/05/24

Rompe el mar en turquesa 

contra mis pies diminutos,

frente a mi vista inundada 

de esta inmensidad líquida

desenredando los nudos del corazón

que marca los caminos que sí, 

los que no 

y los del ¿por qué no? 


Rompe el mar en turquesa 

contra los corales fósiles,

en mi piel marcada por el color del descanso 

que hoy y cada seis meses 

forma arrecifes blancos a partir de todo dolor 

para ver renacer otra cosa, nueva. 


El calor de sol me transforma, 

el frío de lo mojado me despierta. 

Tres colores acá y en el horizonte 

cambian las horas de mi reloj; 

las agujas en deshora 

me marcan pausado, 

me marcan turquesa. 

Crónica piojosa

Se necesita siempre una ilusión


Jueves 01/09/24. Solo te pido que se vuelvan a juntar

Hoy, decidí cambiar los tres deseos que me corresponden según el calendario por uno monumental. Bajo a tierra la crónica piojosa, lejos de los mensajes encriptados y noticias fantasmas, y cerca del apego a la música.



Martes 03/09/24. Sensaciones que te agitan, y que vuelven, siempre

  • Un carnaval, la banda de mi vida

Alejandro tiene 38 años y es de Lanús. Con un hilo de emoción en sus palabras, me cuenta que desde chico sigue a Los Piojos, banda que le mostró un amigo a los diez años: “Maradó fue el primer tema que aprendí, todos los días en la escuela me enseñaba una frase”. Eran los ‘90, Tercer Arco se editaba, los cassettes vírgenes eran los protagonistas y su compañero le grabó todos los álbumes. Sin saberlo, nacía una pasión sin fronteras.

Su primer ritual fue en el Estadio Único, primero de muchos y en distintas localidades. Define los shows como un carnaval rodeado de amigos. El rock nos invita a esa comunión entre música y hermandad, que se manifiesta en banderas pintadas y adaptaciones de cánticos futboleros. Un escenario terapéutico en movimiento.

Años después, siguiendo a las bandas formadas por ex integrantes, Alejandro coordinó combis y micros. Un hobby que le permitió hacer amigos por distintas provincias y conocer tanto pequeñas como grandes ciudades. En una de estas oportunidades, conoció a su cónyuge Carlina: ella, de Mendoza; él de Buenos Aires. Se turnaban para viajar hasta que decidieron mudarse juntos a Buenos Aires, donde formaron su familia con el nacimiento de Patricio. 


“Si Los Piojos no hubiesen existido, nada de esto hubiese pasado. Mis banderas de Lanús tienen dibujos de Los Piojos, mis remeras son con dibujos de Los Piojos, mis frases y todas las cosas que hago tienen mucho que ver con esto, porque es la banda de mi vida.”


Su amigo de la infancia, falleció recientemente. Nunca pudo compartir un ritual con él, pero si el amor por la música. La cultura del rock es amigos, familia y amor. 


  • Una infancia feliz con Los Piojos de fondo

Agostina tiene 22 años y es de la generación piojosa que no pudo ver a su banda favorita en vivo. En su casa de Villa Celina, entre mates y nostalgia, recuerda junto a sus amigas una infancia de música; DVDs y pogos inmortalizados en fotos colgadas en Facebook. Soñaban con el regreso, que, por fin, tiene posibilidades de materializarse. 

Las paredes de su cuarto repletas de entradas y posters de rock; las zapatillas Topper escritas con birome; el sonido singular de la guitarra de su hermano; los domingos de limpieza de su mamá, con algún disco al palo. Escucho su entusiasmo, tan evidente como genuino, y no puedo evitar sonreír pensando en todo ese amor que el tiempo no puede diluir. Desacelera su voz y me dice que tuvo “una infancia feliz con Los Piojos de fondo, siempre”.



Jueves 04/09/24.
Tengo una locura que no puedo parar

A las 12:57, llegó la primicia oficial: reencuentro el 14 y 15 de diciembre en el Estadio Único. Me llega un mensaje de audio de Alejandro: “¡Dale que volvimos! Estoy feliz, feliz, feliz. No paro de llorar, no paro de saltar. Me vine a correr 100.000 kilómetros porque no puedo parar esta manija, ¡tengo una locura que no puedo parar!”.



Lunes 23/09/24. Cuando la marea baja ves el basural

En el día previo a la venta de entradas, el bajista Micky Rodríguez anunció que no participó en el regreso de la banda. Se desató una bola de debates plagados de desinformación y conclusiones de cotillón. Nuestro amigo Alejandro se paró en la vereda de “sin Micky no hay Los Piojos”, destacando su rol en mantener vivo el espíritu piojoso. Mientras otros fans, como Agostina, lo cuestionaron, apoyándose en el comunicado del guitarrista fundador de Los Piojos, Piti Fernández. Con puño y letra declaró, con el aval de la actual formación, que Micky participó de las reuniones. Dato mayor: Micky fue, desde un principio, amigo de Dios y del Diablo. ¿Dinero? ¿Derechos de autor? ¿Diferencias de antaño? Desde acá no podemos, o no queremos, entender qué está pasando, pero lo que sí sabemos es que Los Piojos volvieron en forma de fichas que algunos decidieron comprar, y otros, descartar. 



Martes 24/09/24. Si te digo que me quedo porque amo tu color

¿Recuerdan tener que hacer largas filas en la vereda para conseguir entradas físicas? Con ustedes: la cola digital más larga del mundo. Arrancamos con dos fechas y el muñequito no-claustrofóbico encerrado en un camino (que sabíamos que iba a ser largo). Rápidamente se agota la preventa, el muñequito no avanza y saltan dos fechas más. A muchos de nosotros se nos terminó la jornada laboral, así que tuvimos que continuar desde el celular. Notificación: últimos tickets, una fecha más. Pasa la medianoche, dos más. Cerramos con siete shows agotados en La Plata: el número perfecto, por un lado; el revólver, por otro. La Biblia y Dante; Riverito y Crónica. Toda una ensalada agridulce que se desborda del plato y nos mancha, pero queremos más (a pesar de que nuestros plásticos con numeritos ya empezaron a gritar la palabra de seguridad).
Agostina pasó doce horas de fila entre puras maldiciones al sistema de Ticketek, pero finalmente consiguió entradas. Alejandro decidió no comprar, entre desilusión y enojo. Vamos a extrañar sus micros y la bandera de Lanús.



Lunes 30/09/24. Hasta donde estés

Confirmación de grilla en el Cosquín Rock 2025. Se vuelve a nuestro mini-Woodstock nacional y no tan popular, a nuestro Disney del rocanrol. Los Piojos, Skay, Divididos, Las pelotas, Babasónicos, Ratones Paranoicos, Guasones, Memphis la Blusera, entre otros. Además, tocarán algunos chicos y chicas que siguen demostrando que la juventud apuesta al arte. Choquemos nuestros vasos metálicos de fernet por ellos.

Si descanso los párpados, respiro verde y multitud con ropa ligera. Abro los ojos y vuelvo a mi escritorio en una oficina sin ventanas de Villa Crespo, la misma que me pondrá en el río cordobés y limpiará mis pulmones con aire de las sierras. Pequeñas metas, grandes motores. Sentir que vuelvo a mí, que acaricio a mi niña interior, y se me escapa una lágrima que puede llegar a representar más preservación y cuidado que cualquier otra cosa que pude haber hecho. Caer en la cuenta del paso del tiempo, del tránsito y la agonía de que a veces cierta felicidad puede depender de las decisiones de otros. Una pérdida de control que nos puede hacer pequeños o gigantes, al entender que no todo está debajo de nuestras alas. Cuando el nudo se desata, y se cumple el deseo de una Belén que crecía y se aferraba a la música, hay un desborde que se permite, se celebra y se comparte.



Cualquier día 0/70D05. Si no existe la memoria, todo lo nuestro es suicida

El corazón hace reminiscencia y atrapa esos recuerdos infantes de radiocasetera. Mi mamá cantando Shakira, mis hermanos armando casitas con sábanas y sillas. Siempre con melodías de fondo en el cuarto de al lado: La venganza será terrible, Les luthiers, cassettes de los Stones con títulos en español. Un día, desde la ducha y alzando la voz, le canté un fragmento de “El Farolito” a mi papá. La ventanita que conectaba el baño con el lavadero a veces bastaba para una comunicación forzada, en medio del caos del agua cayendo en la bañera. “Es de Los Piojos, hija, te lo voy a traer para que escuches”. Y a los pocos días depositó en mis manos Verde Paisaje del infierno, se lo había prestado un compañero del trabajo. El disco traía un librito con variedad de popurrí artístico, desde el inferno de Dante hasta garabatos infantiles. Aprendí las canciones; las bajé del Ares; analicé imágenes; descarté interpretaciones; y devolví el disco. El colega de mi papá me hizo una copia del CD y me regaló el librito, que se transformó en un tesoro que sigue ocupando un lugar especial en mi biblioteca. 

Los Piojos fue la primera banda elegida por mí, abrazada y romantizada. Armé un mundo en el que canté y bailé a escondidas, y jamás dediqué una canción. Piojitos que apañaron mi preadolescencia.

Y ahora, un sábado por la noche, copa en mano y uvas fermentadas, en un sillón tan cómodo como rasgado por mi gato. Miro como Logan, mi perro, lame mi mano y pienso cómo mi cuerpo absorbió melodías, tanto que dejó marcas de música tatuada, cicatrices de colores. Soy otra y la misma, esa niña que ocupó todos sus espacios con música. Música que es amor. 

Es sentir, 

es buscar, 

es volver.


Fuentes:

  • Micky Rodriguez [@mickyrodriguezok]. (s.f.). Instagram. https://www.instagram.com/mickyrodriguezok/



Bonus track. Finale

Acá deposité mis nervios y energía disparatada. Todo eso se transformó en lo que leíste. Gracias por llegar hasta el final. 

Más textitos